Septiembre llega y también el sonido de México, que durante décadas el llamado mes patrio tuvo una banda sonora prácticamente definida: mariachi, trompetas, guitarrones y las voces de Javier Solís, José Alfredo Jiménez, Vicente Fernández o hasta Juan Gabriel.
Javier Solís – “En Tu Pelo”
Las canciones hablaban de amores perdidos, cantinas, desengaños, orgullo, tequila, mujeres, hombres derrotados y, sobre todo, de una forma de entender lo mexicano, pero algo cambió y en las fiestas patrias de hoy, particularmente entre millennials y centennials, aquella ranchera que alguna vez fue protagonista comparte, y en muchos casos cede, el escenario a la banda sinaloense, los corridos y los llamados corridos tumbados.
José Alfredo Jiménez – “Yo”
La transformación no es solamente musical. Es también generacional, tecnológica y cultural. La ranchera clásica creció en una época en la que la música se consumía principalmente a través de la radio, la televisión, los discos y las presentaciones en vivo, la figura del cantante era central y algunos intérpretes llegaron a convertirse prácticamente en símbolos nacionales.
Juan Gabriel – “Así Fue”
Javier Solís convirtió el dolor amoroso en una forma de identidad. José Alfredo Jiménez hizo de la derrota, el alcohol y el desamor una especie de filosofía popular. Juan Gabriel llevó la canción mexicana hacia nuevos territorios y Vicente Fernández mantuvo durante décadas la figura del charro como uno de los grandes referentes de la música nacional.
Vicente Fernández – “Para Siempre”
Hoy, el escenario es diferente y Spotify, YouTube, TikTok y otras plataformas modificaron radicalmente la manera en que una canción llega al público, ya no es indispensable que una disquera, una estación de radio o una empresa de televisión determine qué artista tendrá exposición nacional, ahora puede hacerlo un algoritmo.
Una canción puede convertirse en fenómeno en cuestión de días, impulsada por videos cortos, tendencias, millones de reproducciones y la capacidad de las nuevas generaciones para convertir una melodía en parte de su identidad digital.
La banda sinaloense y los corridos no surgieron ayer, llevan décadas formando parte de la música popular mexicana, lo novedoso es la dimensión que han alcanzado sus nuevas variantes; los corridos tumbados mezclaron elementos del corrido tradicional con trap, hip-hop y otros sonidos urbanos.
El resultado conectó particularmente con públicos jóvenes que encontraron en estas canciones una estética diferente: automóviles, ropa de diseñador, fiestas, poder, dinero, calle, ambición y una narrativa de ascenso social.
En muchos casos, los narcocorridos llevan esa narrativa hasta el terreno del crimen organizado y la exaltación de personajes vinculados con el narcotráfico; ahí aparece una de las grandes controversias: para algunos, estas canciones representan una normalización o glorificación de la violencia y del mundo criminal, para otros, son una expresión cultural que refleja una realidad que forma parte de determinados sectores de la sociedad mexicana.
Pero independientemente del debate sobre sus contenidos, hay un hecho difícil de ignorar: los corridos contemporáneos lograron conectar con una generación que consume música de una manera completamente distinta a sus padres y abuelos.
¿Y qué pasó con la ranchera?
La ranchera no desapareció, el problema es que dejó de ocupar el mismo lugar central, la diferencia puede observarse incluso en las celebraciones públicas. Hace algunas décadas, contratar a un gran intérprete de música ranchera o presentar un mariachi era prácticamente una apuesta segura para una celebración patriótica; hoy, muchos gobiernos municipales y estatales optan por bandas y artistas de música regional contemporánea para sus festejos.
La razón también es generacional: los organizadores buscan llenar plazas, atraer jóvenes y generar conversación en redes sociales, en otras palabras, la música de las fiestas también se ha convertido en una estrategia de audiencia; una banda puede hacer bailar a miles de personas, un corrido conocido puede convertirse en tendencia en TikTok, un artista popular entre los jóvenes puede generar una convocatoria que un intérprete de ranchera tradicional difícilmente conseguiría entre ese mismo público.
Quizá el cambio más simbólico está en las imágenes, el México musical de buena parte del siglo XX estaba representado por el charro, el caballo, el sombrero, el mariachi y el paisaje rural; el México musical contemporáneo incorpora camionetas, cadenas, ropa urbana, escenarios nocturnos y una estética fronteriza y globalizada.
La aspiración también cambió, la ranchera hablaba frecuentemente de conquistar un amor, soportar una decepción o sobrevivir a una tragedia sentimental; el corrido contemporáneo puede hablar de dinero, poder, reconocimiento, riesgo y movilidad social. Son narrativas distintas porque también son distintas las generaciones que las escuchan.
Aquí aparece la pregunta de fondo: ¿México está perdiendo una parte de su identidad musical? La respuesta probablemente sea más compleja; la cultura popular nunca permanece inmóvil: la ranchera desplazó en su momento a otras expresiones musicales y también se transformó con el paso de las décadas, el mariachi que hoy identificamos como símbolo de México tampoco surgió de manera estática: evolucionó, se profesionalizó y adquirió nuevas formas.
Lo mismo ocurre ahora con el regional mexicano, el problema no está necesariamente en que los jóvenes escuchen banda o corridos tumbados, el verdadero desafío cultural podría estar en que las nuevas generaciones conozcan cada vez menos a los grandes compositores e intérpretes que construyeron buena parte del repertorio musical mexicano.
Cada mes patrio funciona como una especie de espejo cultural, mientras una generación todavía identifica septiembre con El Rey, Caminos de Guanajuato, Si nos dejan o las grandes interpretaciones de Javier Solís, otra generación puede relacionar las fiestas mexicanas con una banda sinaloense, un corrido tumbado y un escenario multitudinario.
No significa que una generación sea más mexicana que otra. Significa que México también está cambiando la manera en que se canta a sí mismo; del mariachi al sonido de los metales de la banda, del charro al intérprete urbano, de la cantina al algoritmo.