La odisea de la verificación vehicular: caos, retrasos y maltrato

La odisea de la verificación vehicular: caos, retrasos y maltrato

Foto: Enfoque

Ir a verificar el vehículo, antes un trámite rápido de apenas diez minutos, se ha convertido en una auténtica odisea llena de ineficiencia, desorganización y maltrato al ciudadano. 

 

Lo que debería ser un servicio público ágil y ordenado es hoy un calvario que roba tiempo, paciencia y dinero a miles de automovilistas poblanos.

 

Un ejemplo claro ocurre en el Verificentro de El Mirador, ubicado en 24 Sur y Privada 41 Oriente; allí, la supuesta modernidad de las citas previas es pura ficción: aunque el conductor llegue en tiempo y forma a su cita obtenida online, todos los vehículos se forman en una sola fila caótica.

 

El encargado de revisar papeles, un individuo de look punk que parece más preocupado por su estilo que por su trabajo, ni siquiera se toma la molestia de verificar si el auto está llegando a la hora pactada en línea. El resultado es predecible: aglomeraciones, tráfico interno y pérdida de tiempo para quien sí cumplió con el procedimiento.

 

Quien logra pasar este primer filtro se enfrenta a la siguiente estación del vía crucis: la fila de recepción de documentos. Al menos 20 personas formadas, avance lento y una burocracia insultante: papeles que se revisan una y otra vez, preguntas innecesarias y una lentitud que parece deliberada.

 

Pero el colmo llega en la parte del cobro, porque para mala suerte de los conductores, un servicio de recolección de dinero de dudosa calidad se le ocurre llegar a esa hora por el dinero. El sujeto que carga las bolsas de dinero, lejos de apurarse e irse, regaña a los usuarios y ordena que “no pasen”. 

 

Entonces, el cobro se suspende arbitrariamente y se forma otra larga cola para pagar. Después de 10 minutos de espera a que se lleven el dinero, se reactiva la caja de cobro y surge el siguiente inconveniente: la cajera llama a quien se le da la gana y el último en la fila puede que sea el primero en pagar, y quien está al principio porque llegó primero sería llamado al final.

 

Mientras el empleado recolector de dinero ordena detener los cobros, no hay pagos y las verificaciones en las líneas se detienen. Una cadena burocrática desesperante.

 

Es el reino del “se me antoja” por encima de cualquier lógica o justicia, y cuando por fin se supera el purgatorio administrativo, queda la prueba técnica: de cuatro líneas disponibles para verificación, sólo funcionan dos. Más espera, más congestión y más frustración.

 

Lo que antes se resolvía en diez minutos se ha transformado en un mínimo de treinta o cuarenta minutos, porque todo está plagado de obstáculos artificiales, mala organización y un evidente desprecio por el tiempo del contribuyente. 

 

Los poblanos pagan por un servicio que debería ser eficiente y, a cambio, reciben ineficiencia institucionalizada.

 

Es indignante que en pleno 2026, con tanta tecnología disponible, un trámite obligatorio se maneje con la misma torpeza y arbitrariedad de décadas pasadas. Los automovilistas no piden lujos, sólo exigen lo mínimo: orden, respeto y eficiencia. 

 

Mientras las autoridades encargadas toleren este circo burocrático, seguirán convirtiendo un simple trámite en una humillante pérdida de tiempo.

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