México inició 2026 con un dato que lo posiciona en lo más alto del ranking internacional en materia de empleo: una tasa de desempleo de 2.6% en enero, la más baja entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). El número, difundido por la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS), ubica al país por debajo de economías como Japón, Corea del Sur, Estados Unidos y Canadá, en un contexto donde el promedio del organismo ronda el 5%.
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En ese sentido, el bajo nivel de desocupación convive con una estructura laboral que presenta contrastes marcados. Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), México cerró el cuarto trimestre de 2025 con casi 60 millones de personas ocupadas y una tasa de desempleo de 2.5%, prácticamente sin cambios respecto al año anterior. Esto confirma que el país mantiene una elevada capacidad de generar ocupación; Sin embargo, el dato pierde fuerza cuando se observa la calidad de esos empleos y las condiciones en las que se desarrolla buena parte del trabajo en el país.
El principal rasgo estructural del mercado laboral mexicano sigue siendo la informalidad. Más de la mitad de las personas ocupadas, alrededor del 55%, trabajan fuera de esquemas formales. Esto implica que cerca de 32 millones de trabajadores no cuentan con seguridad social ni acceso a prestaciones básicas como atención médica, aportes jubilatorios o licencias laborales. En otras palabras, el empleo existe, pero una parte importante se desarrolla en condiciones de vulnerabilidad y sin garantías de estabilidad.
Esa diferencia se vuelve más evidente al comparar el universo de ocupados con el empleo formal registrado. En tanto, la población ocupada se acerca a los 60 millones de personas, los puestos afiliados al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) rondan los 22 millones. La brecha no es nueva, pero sigue siendo uno de los principales desafíos del mercado laboral, ya que refleja que una gran proporción de trabajadores queda fuera de los sistemas formales de protección.

Ahora bien, el arranque de 2026 mostró algunos cambios relevantes que complejizan el panorama. En enero se registró una pérdida de poco más de 700 mil empleos respecto a diciembre, en línea con ajustes estacionales habituales, aunque con una magnitud que llamó la atención. Parte de esa caída se concentró en el empleo formal, que retrocedió de manera significativa en el primer mes del año, lo que refuerza la idea de una fragilidad en ese segmento.
Al mismo tiempo, la informalidad volvió a ganar terreno. La tasa se ubicó en 54.9% en enero, por encima del nivel registrado un año antes. Esto implicó que unos 32.7 millones de personas trabajaran en condiciones informales. En paralelo, la tasa de participación económica descendió a 58.5%, lo que sugiere un menor dinamismo en la incorporación de personas al mercado laboral o incluso un cierto desaliento en la búsqueda de empleo.
Otro de los cambios observados en enero fue en la composición del empleo. El primer mes del año, el número de trabajadores por cuenta propia aumentó en 448.444 personas, mientras que los trabajadores subordinados y remunerados disminuyeron en 547.793.
En cuanto a los ingresos, los datos muestran un corrimiento hacia niveles más bajos. Crecieron los puestos con remuneraciones de hasta un salario mínimo y disminuyeron aquellos con ingresos más altos. Este movimiento no solo habla de la cantidad de empleo disponible, sino también de su calidad, y sugiere que una parte del mercado laboral se está reconfigurando hacia esquemas de menor ingreso, donde incluso el recurso a préstamos personales aparece como una alternativa cada vez más frecuente para sostener el consumo o cubrir gastos básicos.
En la comparación anual, los sectores con mayor crecimiento en el empleo fueron la construcción, con 276.000 personas adicionales; los servicios diversos, con 223.000; y el transporte y las comunicaciones, con 123.000. Por el contrario, la agricultura perdió 271.000 empleos y el comercio redujo su plantilla en 120.000 trabajadores. Los servicios profesionales y financieros también registraron una caída cercana a 78.000 puestos.
Las diferencias por género también forman parte del escenario. Durante enero, la pérdida de empleos afectó en mayor medida a los hombres en términos absolutos, aunque el empleo femenino mostró cierta capacidad de recuperación en algunos segmentos. Aun así, la informalidad se mantiene elevada tanto para hombres como para mujeres, lo que limita el impacto positivo de estas variaciones.
Este desempeño del mercado laboral se da en un contexto económico moderado. Las proyecciones de la OCDE anticipan un crecimiento del Producto Interno Bruto de 1.4% para 2026, una tasa considerada baja frente a otras economías. Este menor dinamismo económico limita la capacidad de generar empleo de calidad y condiciona las perspectivas de expansión del mercado laboral.
A esto se suma un entorno fiscal más restrictivo. El déficit público alcanzó el 5% del PIB en 2024, lo que llevó al gobierno a implementar una política de consolidación fiscal con el objetivo de reducirlo en los próximos años. Este ajuste ha implicado recortes en la inversión pública, particularmente en áreas estratégicas, lo que también puede incidir en la generación de empleo.
En este escenario, el mercado laboral refleja esa combinación de factores: una base amplia de ocupación, pero con tensiones en la calidad del empleo, una informalidad persistente y un entorno económico que no impulsa un crecimiento acelerado.
Proyecciones de empleo formal en 2026
En medio de esto, algunas expectativas de contratación muestran señales de mejora en 2026. Para el segundo trimestre, la Tendencia Neta de Empleo alcanzaría el 41% y, hacia el cierre del año, México podría sumar entre 150 mil y 250 mil nuevos puestos formales, de acuerdo con la Encuesta de Expectativas de Empleo de ManpowerGroup.
Por sectores, la construcción y el sector inmobiliario encabezan las expectativas de contratación, con una tendencia de 53%, seguidos por finanzas y seguros (48%) y servicios profesionales (43%). También se destacan áreas como información, servicios públicos y recursos, con proyecciones positivas, mientras que manufactura, comercio y logística presentan expectativas moderadas.
En el plano regional, las mejores perspectivas se concentran en el noreste y el occidente del país, ambos con una tendencia de 49%. Por su parte, el sureste presenta una proyección de 42%, y la Ciudad de México y el noroeste se ubican en torno al 40%. En contraste, la región norte muestra una expectativa más baja, cercana al 11%, en parte por la cautela en sectores vinculados a la industria maquiladora.

A pesar de estas previsiones, el crecimiento del empleo formal aparece como gradual. La creación de nuevos puestos no alcanza para reducir de manera significativa la brecha con la informalidad, que se mantiene como uno de los principales rasgos del mercado laboral mexicano.
De cara a los próximos meses, la evolución del empleo dependerá tanto del desempeño económico como de la capacidad de los distintos sectores para sostener la contratación. En un contexto de crecimiento moderado, las mejoras podrían ser progresivas y concentradas en determinados rubros.
Así, el panorama hacia adelante no muestra cambios abruptos, sino una continuidad de tendencias. La informalidad seguirá siendo un componente relevante, mientras que el empleo formal avanzará de manera paulatina, en ese equilibrio se juega uno de los principales retos del país.